miércoles, 5 de diciembre de 2018

Médiums y adoctrinadores

En el centro espírita que frecuento, en las reuniones en torno a la mesa mediúmnica, acostumbramos a trabajar en parejas compuestas por un médium y un "adoctrinador". Ignoro cómo se hace en otros centros pero, al parecer, siguiendo indicaciones a la alta espiritualidad, esta es la forma más eficaz de trabajar. 

El médium es un hombre o una mujer con capacidad mediúmnica "de desarrollo", es decir, con la facultad de entrar en trance (estado de máxima concentración) de modo que un espíritu pueda incorporarle y hablar a través de él o ella. En ocasiones, se modifica la voz del médium e, incluso, su expresión facial. Obviamente, esta facultad no surge de la noche a la mañana sino que requiere largos años de estudio y práctica para evitar dos grandes obstáculos: el primero, que el médium no incorpore un espíritu externo sino que, quien hable, sea su propio espíritu. A eso se le denomina "animismo" y puede surgir por inexperiencia del médium u otras causas. El segundo obstáculo es peor. Por cuestiones de orgullo, vanagloria o soberbia, el médium podría incurrir en realizar una dramatización, es decir, no incorpora ningún espíritu, no habla ni siquiera el suyo propio, pero el "médium" hace teatro, dramatiza y, en definitiva, pretende engañar a los demás olvidando que se está engañando a sí mismo.

Así las cosas, comprenderán la importancia que tiene la honestidad y los buenos valores de los médiums. Si un buen comportamiento se pide a todo el mundo, con mayor motivo se pide a los médiums ya que éstos deben elevar su patrón vibracional con objeto de poder recibir a los espíritus más elevados, lo cual estaría vedado si el médium es deshonesto, retorcido, rencoroso, mentiroso o soberbio.

Por cierto que la facultad mediúmnica se puede marchar tan fácilmente como llegó debido a un mal empleo de la misma. El uso, o mejor dicho, el abuso de la mediumnidad para obtener un fin material, llámese dinero, llámese fama mediática, llámese egolotría, lleva inexorablemente a su pérdida acompañada de una trágica mistificación.

 Vayamos ahora a los "adoctrinadores", término que a nadie gusta (porque los adoctrinadores no están para adoctrinar) pero que seguimos empleando para entendernos. El adoctrinador es el asistente al médium y está encargado de hablar con el espíritu que incorpora al médium. En cierto modo, también termina siendo un médium pues con la práctica llega a intuir al espíritu y a conectar con él más allá de la mera conversación física. Un buen adoctrinador debe de saber cuándo el médium ha incoporado bien al espíritu, el tipo de espíritu de que se trata y el trabajo a realizar. Si se trata de un espíritu superior, debe saludarle, escucharle, memorizar su mensaje y hacer las preguntas oportunas para recibir correctamente la información. Si, por el contrario, se trata de un espíritu necesitado, deberá escuchar qué problema tiene, ver cómo se le puede ayudar para esclarecerle, aconsejarle, darle afecto con sus palabras, ánimos; en fin...ser un buen terapeuta o consejero.

Ignoro cuándo surgió el término "adoctrinador" pues no me consta que esté en la Codificación de Kardec. Sí que es un término ampliamente usado en la literatura espírita de corte brasileño. La cita siguiente está tomado del libro "Mediumnidad", de Richard Simonetti:

¿Por qué “adoctrinador”? En verdad, ese término es inadecuado, ya que, en base a su perturbación mental, la entidad no  tiene  condiciones  para  recibir  informaciones  doctrinarias.  Mientras,  está  consagrado  por  el uso.  El  adoctrinador  es  alguien  que  conversa  con  los  Espíritus manifestantes.  Puede  ser  el dirigente de la reunión o uno de los participantes, debidamente entrenado.
Con lo dicho hasta ahora se puede comprender que el papel del "adoctrinador" es tanto o más importante que el del médium y, por ello, está necesitado de una formación específica. Y es que no se puede hablar con un espíritu "así como así". Piensen una cosa: si en la vida cotidiana, un psicoterapeuta necesita de, al menos, cinco años de estudio; si para formar a un experto en "counselling" se requiere hacer un "master" de dos años de duración; si los terapeutas expertos en asistir a duelos y pérdidas de personas precisan cursos especializados de meses de entrenamiento... ¿qué menos se debería exigir a un "adoctrinador" que va a desempeñar con los espíritus un papel de "counsellor" o de psicoterapeuta espiritual?

Y, me temo, que en los centros espíritas de este país estamos fracasando en este tema, en la formación del adoctrinador. Se está considerando a los adoctrinadores como miembros "de segunda clase" que no pueden ser médiums y se les pone a hablar con los espíritus con el mismo tono y formación que si tuvieran que hablar con retrasados mentales. ¡¡Qué no, señores, qué no es así!!


Y, dada quizá los escasos medios materiales y humanos que tenemos en nuestros centros, hago desde esta página un llamamiento a la Federación Espírita Española para que, por medio de su Comisión de Formación, articule los cursos que sean precisos, con unos estudios, cuanto más profesionales mejor, para elevar la formación y maestría de los adoctrinadores.

Dicho lo anterior, paso a lo que pretendía que fuera el tema central de este post: algunos consejos prácticos para los adoctrinadores y que ennumeramos en la reunión de formación de ayer martes, en nuestro centro:
  • Cuando un adoctrinador habla con un medium que ha incorporado un espíritu necesitado o sufriente, debe emplear palabras de amor, de entendimiento; debe darle cariño, ternura, ternura... y firmeza. El adoctrinador no se puede dejar avasallar.
  • El espíritu, por el mero hecho de contar su problema, ya descansa, se desahoga.
  • El adoctrinador tiene que comprender la oscuridad para ayudarles. No se puede hablar del "bajo astral" si no se ha reflexionado lo que significa estar allí, por qué se está allí, la carga que uno lleva en sí mismo derivada de los propios errores, egoísmos.
  • El adoctrinador escucha pero jamás juzga. Ni por asomo debe emitir un juicio moral sobre un acto que haya realizado el espíritu.
  • Si el espíritu empieza a contar "su eterna milonga como un disco rayado", se deberá cambiar de conversación pues eso no le ayuda. Llevarle a la raíz del problema para que él mismo encuentre sus respuestas.
  • Por regla general, se debe hablar menos y escuchar más. No nos interesa el fenómeno, ni los detalles de su vida ni, mucho menos, los cotilleos. Ser profesionales.
  • Contar con el inestimable apoyo de los textos sagrados. Eso no quiere decir que haya que pontificar o sermonear, pero sí es cierto que ciertas frases e inspiraciones del Evangelio, pueden darles un punto de luz para comprender en qué han fallado. De especial interés es el conocimiento del "Evangelio según el Espiritismo".

Y, para terminar, voy a transcribir un par de puntos más del libro citado de Richard Simonetti, que me parecen muy oportunos:

¿Y qué hace el adoctrinador?

El primer paso es sacar al Espíritu del trauma, relacionado con el llamado “pasaje”. Si
desencarnó  en  un  accidente,  por  ejemplo,  conserva  las  impresiones  del  momento  de  la
muerte,  sufre  como  quien  vive  indefinidamente  un  tormento.    Hablando  firme,  con  cariñosa
insistencia,  procurará  demostrarle  que  no  está  más  en  aquella  situación.  Se  encuentra  en  un
puesto de socorro, fue medicado y está en recuperación.
 
5. ¿Y lo informará de qué murió?

Es  el  error  cometido  por  muchos  adoctrinadores.  Llegan  a  recomendar  al  Espíritu:  ¡Suba,
hermano! ¡Usted ya no pertenece más al mundo de los vivos!” ¿Subir adónde? ¡Una expresión
equivocada!  El  plano  espiritual  es  una  proyección  del  plano  físico,  una  dimensión  que
interpenetra la nuestra. Y decirle que murió podrá dejarlo en una situación peor. El susto será
grande.


6. ¿Cuándo será informado el Espíritu?


En  el  libro Y  la  Vida  Continúa,  psicografiado  por  Francisco  Cándido  Xavier,  André  Luiz  explica que  debemos  dejar  al  propio  Espíritu  que  lo  perciba.  Él  describe  un  hospital,  donde  los pacientes están internados hace meses, sin conocimiento de que desencarnó. Eso no significa
que  nunca debamos  informarlo,  pero  que  lo  hagamos  con  carácter  de  excepción,  cuando
sintamos que está “maduro” para encarar la realidad espiritual.

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